
el artículo más interesante sobre inteligencia artificial de cada día
La Tecnología No Es Neutral
Que la tecnología es neutral y puede ser usada para hacer el bien o para hacer el mal y que eso depende de las personas, es el latiguillo de quienes tienen la sartén por el mango. La tecnología no es neutral. Toda tecnología que es adoptada masivamente produce cambios tectónicos en la sociedad. Y especialmente desde la Revolución Industrial, la tecnología es la herramienta primordial de reproducción del capital. Antes de la Revolución Industrial, antes de la máquina de vapor, no podemos hablar de una tecnología madura, porque sólo era funcional al estar siendo manejada por el humano. Cuando la máquina alcanza un nivel donde no necesita de la participación humana para funcionar, es que podemos hablar propiamente de tecnología.
A partir de ese momento, a comienzos del siglo XIX la tecnología empieza a convivir con el capital. El desarrollo de la tecnología conlleva a la aceleración del progreso material. Y el progreso material significa crecimiento del capital. Cuando hablo de capital, me refiero obviamente al capital financiero. Y el capital financiero se encuentra siempre en pocas manos. De esto se deduce que la tecnología sirve para que un pequeño grupo de personas que cuenta con el capital, se imponga -financieramente hablando pero también culturalmente- sobre la gran mayoría que no lo tiene.
Entre los siglos XVI y XIX, se desarrolló el capitalismo mercantilista. La mesurada acumulación del capital dependía exclusivamente del trabajo humano o de condiciones naturales. Las embarcaciones que transportaban especias, telas, oro, etc., funcionaban por la fuerza de los remeros o por la fuerza del viento. El peso de la tecnología en la reproducción del capital era intrascendente. Pero con la aparición del motor todo cambia. La tecnología empieza a ser el factor fundamental de reproducción del capital. Y los humanos se convierten en operarios.
Y así como la tecnología permite un acelerado crecimiento del capital, también deprecia el valor del trabajo, ya que a mayor productividad de la máquina menos necesidad de capacidad humana. Entonces la gran mayoría de la población, que no tiene capital y solo puede ofrecer su mano de obra, no vivencia las ventajas de la tecnología. Más bien es esclavizada por la máquina, y a cambio se le ofrece un mundo de mercancías estandarizadas.
Cuando los historiadores hablan de tecnología ponen como primer ejemplo el arado. El arado se creó hace unos 5.000 años y no es más que una pieza de metal con filo de un lado que sirve para hacer zurcos en la tierra. En esos zurcos se planta la semilla que luego germinará y se convertirá en una planta comestible. Según los defensores de la neutralidad de la tecnología, el arado podría ser usado para hacer el bien o para hacer el mal. Pero el arado no es ni bueno ni malo, sirve para cultivar más intensamente. Y puede argumentarse que obtener mayor cantidad de alimentos es bueno para un grupo humano. Pero por otro lado, gracias al arado surge la propiedad privada de la tierra. Y de esta manera, al ser adoptado masivamente produjo un cambio estructural en el desarrollo de la sociedad humana, que pasa a dividirse entre los dueños de la tierra y los sin tierra.
“Las tecnologías se crean con valores y resultados materiales en mente. Cuando llegan al mundo, crean un futuro: material, social, psicológico y cultural. Este futuro inevitablemente escapa al control de los primeros inversores, implementadores y adoptantes. Incluso una tecnología tan simple como el arado se crea con valores en mente, como la facilidad y la velocidad del trabajo, y el deseo de excedentes de alimentos para generar una sensación de seguridad. Sirve a estos valores al afectar los resultados materiales, como la preparación de los campos para la agricultura. El arado también conduciría a fortificaciones urbanas para almacenar y proteger los excedentes de alimentos, cambiando así la naturaleza de los hábtitats humanos, la guerra y la arquitectura. El arado favorece a los hombres como agricultores debido a que desarrollaron el físico a través de empujar el arado, lo que cambió la ideología sobre el valor respectivo de los sexos. EL arado condujo eventualmente a ciertas formas de domesticación animal, alterando a la larga la relación entre los humanos y el mundo natural, y así transformando las creencias religiosas del animismo al teocentrismo.
La normalización del arado tirado por animales como base de la agricultura dificultó que los humanos valoraran a los animales como sagrados, con igual o superior valor a los humanos. Es difícil venerar el espíritu sagrado de un animal que debe ser apaleado todo el día para tirar del arado. El dominio sobre los animales, de esta manera, justificó la difusión de una narrativa cultural según la cual el rol de la humanidad es controlar la naturaleza, en lugar de ser parte de ella, lo que sentó las bases de una mentalidad que finalmente desembocó en la Revolución Industrial. Estos y otros innumerables cambios en la mente, el comportamiento y la cultura humana, surgieron a partir de la invención del arado.
Por supuesto, el arado no se creó con estos resultados en mente, ni pudieron haber sido predichos por quienes lo construyeron y utilizaron inicialmente. Las tecnologías coevolucionan con los sistemas de valores; ninguna determina a la otra, a pesar de estar íntimamente relacionadas. Épocas enteras de la civilización, como formas de vida y cultura, llegan a definirse por ciertos conjuntos de tecnologías e infraestructuras.
Technology is not Value Neutral, The Consilience Project.
Hace mucho tiempo, los humanos empezamos a separarnos de los simios mediante el uso de herramientas (piedras y palos, o huesos, como vemos al comienzo de 2001, Odisea del Espacio). Mucho tiempo después, cuando combinamos la herramienta con otras capacidades, empezamos a desarrollar la tecnología.
La primera herramienta fue el martillo. Y en un principio el martillo sirve para destruir. Cuando le sumamos el clavo, empieza a servir para construir. Y se crea el oficio de carpintero. El martillo es una herramienta, pero el martillo con el clavo ya pasa a ser un proyecto de tecnología, porque ya hay una organización de capacidades con el fin de construir. Podríamos decir que es un bebé de tecnología. Pongo el ejemplo del martillo porque algunos autores usan indistintamente las palabras herramienta y tecnología. Y no es lo mismo.
No es casualidad que el logo del Partido Comunista sean una hoz y un martillo. Así como el arado sirve para sembrar, y la hoz para cosechar, el martillo sirve, como herramienta para destruir, y como tecnología, para construir. Y según la misma ideología comunista es necesario destruir un sistema decadente para recién ahí construir el siguiente (aunque esto no era lo que planteaba Marx originalmente. Marx sostenía que el comunismo es el desarrollo ulterior de la tecnología, donde el ser humano ya no necesita trabajar y puede dedicarse al ocio eterno). Tampoco parece casual que José -el padre putativo de Jesús- haya sido carpintero. Tal vez los primeros cristianos ya tenían la visión de un mundo condicionado por la tecnología.
El uso del arado hizo que numerosas tribus humanas dejaran de ser nómades para convertirse en sedentarios. Es el primer paso que lleva a la construcción de comunidades organizadas en un mismo lugar, lo que mucho después desembocará en la creación de los estados nacionales. Al convertirse en sedentarios y agricultores, los humanos empezamos a ver de manera diferente a “la tierra”. Hasta ese momento no había porqué pensar en la propiedad de la tierra. Uno tomaba lo que necesitaba donde lo encontraba y seguía su camino o se instalaba en las cercanías pero no tenía aún la capacidad de abstraer al nivel de pensar que la naturaleza podía ser apropiada. Pero una vez que los humanos invertimos tiempo y energía en cultivar y nos vemos obligados a esperar meses para ver el fruto de ese trabajo, entonces no estamos dispuestos a que venga cualquiera y se lo apropie. Es ahí cuando empezamos a pensar en la propiedad de la tierra. Entonces, la propiedad de la tierra es consecuencia directa de la aparición de la tecnología. Y, como dijo Proudhon, “la propiedad es un robo”.
Por aquél entonces los humanos estábamos en los niveles más primitivos de la abstracción. Y, aparentemente, la primer abstracción es la propiedad. Si lo pensamos un poco, podemos ver que la historia humana es la historia de la evolución de lo concreto a lo abstracto. Del hombre que apenas puede articular unos sonidos y debe cuidarse de no ser devorado por otros animales más fuertes y ágiles, al hombre que se pasa el día frente a una pantalla, viviendo en un mundo de pura abstracción, inconsciente de que ya ha sido devorado por los monstruos.
Como decía, el arado fue fundamental para iniciar el proceso que nos llevó hasta la existencia de los estados nacionales (mucho más adelante veremos que la IA es la tecnología que probablemente nos lleve a la disolución de los estados nacionales). En todos los estados nacionales hay una clase dominante que determina la forma en que se desenvuelve la vida social y una clase sin poder que respeta mal que bien el orden impuesto y gracias a eso obtiene cierto nivel de participación. Esta es una realidad innegable que no tiene nada que ver con la ideología izquierdista. De hecho, en los países comunistas es donde más se verifica la existencia de un grupo pequeño que controla no sólo la propiedad sino hasta el lenguaje de las personas.
Antes de la aparición del capitalismo, e incluso del feudalismo, las clases dominantes fueron constituidas por las personas más voluntariosas y con mayor capacidad para la narración oral, como lo sostiene el historiador y bestseller serial Yuval Noah Harari. Estas personas capaces de crear las ficciones más convincentes se convirtieron en líderes, organizaron a las personas menos voluntariosas y con menos imaginación, que pasaron a ser la mano de obra, especialmente mano de obra militar y productiva (los campesinos).
En Occidente, más propiamente en Europa, durante la primera gran organización social que fue el feudalismo, la clase dominante fue constituida por una asociación entre la iglesia católica y los nobles, herederos de las personas más voluntariosas y creativas, que bien creaban ficciones religiosas o ejércitos. Esa organización comienza alrededor del siglo V. Y la iglesia católica administraba el diezmo. El diezmo era el diez por ciento que la clase dominante cobraba en forma de alimentos y artesanías, a los campesinos por permitirles vivir y trabajar en territorios que ellos consideraban suyos y que podían defender gracias a los ejércitos que eran alimentados con el diezmo.
Los historiadores suelen mencionar a la imprenta como la segunda gran tecnología que determina un gran cambio en la forma en que se organizan las sociedades. La aparición de la imprenta fue miles de años después, ya en el siglo XV. Y de hecho, la imprenta preanuncia la aparición de una nueva clase social: la burguesía. Es así porque la imprenta permite una especie de democratización del conocimiento (tal vez deberíamos decir, de la ideología). La posibilidad de imprimir varios ejemplares de un mismo texto permite que el conocimiento salga de los monasterios y se distribuya entre otro tipo de gente.
Que la imprenta democratizó el conocimiento es una forma de decir ya que por aquél entonces eran muy pocas las personas que sabían leer. Eran personas que pertenecían a una clase social privilegiada, principalmente funcionarios que trabajaban para la incipiente burocracia monárquica y comerciantes relacionados.
Aparentemente, no mucho tiempo después de la aparición de la imprenta, ya en el siglo XVIII, se produce una especie de fiebre de lectura. James Marriot, en su substack Cultural Capital, lo expresa así: Durante los dos primeros siglos, tras la invención de la imprenta, la lectura siguió siendo, en gran medida, una actividad de élite. Pero a principios del siglo XVIII, la expansión de la educación y la explosión de libros baratos comenzaron a difundir la lectura rápidamente entre las clases medias e incluso en las capas más bajas de la sociedad. Quienes vivían en aquél entonces comprendieron que algo trascendental estaba ocurriendo. De repente parecía que todos leían en todas partes: hombres, mujeres, niños, ricos y pobres. La lectura empezó a describirse como una “fiebre”, una “epidemia”, una “locura”. Si esto fue así y no es producto del optimismo romántico de Marriot, lo cierto es que esta fiebre fue atemperada en el siglo XX con la aparición de la televisión y finalmente casi extinguida por el smartphone, en el siglo XXI.
La imprenta preanuncia el fin del monopolio de la verdad por parte de la iglesia y el principio del conocimiento científico, que nos llevará finalmente al desarrollo constante de la tecnología. Pero en un principio la imprenta sirvió solo a los intereses de la clase dominante, que era por ese entonces justamente la iglesia católica y la monarquía. El libro que más se imprimió y distribuyó fue la Biblia. Cuando Lutero, en conflicto con la iglesia católica, traduce la Biblia al alemán, aumenta el desacuerdo entre católicos y protestantes y aparentemente esto lleva a la Guerra de los Treinta Años, una de las mayores masacres de la historia que regó Europa de millones de cadáveres.
Pero entonces, la imprenta ¿es buena o mala? Lo que es innegable es que produjo cambios significativos en el desarrollo social. Especialmente a partir de la Revolución Industrial. Hasta ese momento, el sector de la población que sabía leer era minoritario. Luego aparecen las escuelas públicas y una educación (o según cómo se vea, adoctrinamiento) igual para todos.
A diferencia del arado, que es una tecnología que permite la mayor producción de alimentos, es decir una tecnología productiva, la imprenta permite la mayor difusión del conocimiento. El conocimiento en sí mismo no es productivo, a menos que se aplique a una actividad práctica. Según Marx, el conocimiento es la difusión de la ideología dominante. La organización del conocimiento es lo que permite sostener una estructura como la fábrica, con cientos de trabajadores que cumplen diferentes tareas complementarias.
Antes de la imprenta y después del arado, otra tecnología fundamental es la catapulta. La catapulta se supone que apareció unos cuatrocientos años antes de Cristo en la zona donde se origina la cultura occidental: la Mesopotamia, probablemente Grecia. Una vez que los grupos humanos empiezan a acumular alimentos (granos), se necesita un lugar donde acumularlos y también es necesario levantar muros para evitar que otros grupos humanos más astutos y menos habituados al trabajo duro pretendan apoderarse de los alimentos. Entonces aparecen las fortificaciones, muchas de las cuales todavía existen en varias partes del mundo.
Al contar con alimentos acumulados y fortificaciones, estos grupos humanos podían considerarse seguros. Por más que los rodearan, en algún momento los enemigos tendrían que abandonar el lugar para ir a buscar alimentos a otro lado. Es así como se crea la catapulta. Es así como las personas con más ingenio y menos escrúpulos crean la catapulta, cuya tecnología descansa principalmente en leyes físicas básicas.
Los tres ejemplos de tecnologías que he mencionado, me llevan a concluir que podemos dividir a la tecnología en tres grandes categorías: 1) la tecnología productiva: las máquinas para fabricar productos necesarios para la subsistencia y el confort; 2) la tecnología del conocimiento-entretenimiento: libros, periódicos, radio, televisión, que sirven para establecer la ideología; y 3) la tecnología militar, que sirve para sostener y aumentar los territorios apropiados y al mismo tiempo vigilar y controlar a las clases dominadas, cuando la ideología no es suficiente porque el abuso y la explotación alcanzan niveles insostenibles.
Internet y la IA son las únicas tecnologías en la historia que abarcan las tres categorías. Y esto es lo que se conoce como tecnologías de propósito general. Se supone que la electricidad es una de ellas, pero yo no estoy tan seguro de que la electricidad sea una tecnología. La electricidad es una energía existente. La red eléctrica es infraestructura no tecnología. Esta definición es importante, porque el próximo paso del capital digital es apropiarse de la red eléctrica, es decir, de la infraestructura, principalmente mediante el regreso de la energía atómica, como detallaré más adelante. Esto se debe a que para hacer correr a la IA es necesaria una cantidad de energía abrumadora. Cada uno de los nuevos centros de datos que se están construyendo consumen como mínimo la energía que consumen ciudades de cientos de miles de habitantes.
Nuevamente, ¿qué es la tecnología? La tecnología es tantas cosas que es muy difícil definirla. Veamos qué dice la IA. Esta es la respuesta que me dio Deepseek (China): “Es un proceso social y culturalque combina ciencia, ingenio y creatividad para transformar el mundo y la experiencia humana. Es la herramienta que nos ha permitido evolucionar desde las primeras herramientas de piedra hasta la era digital”.
Según ChatGPT (EEUU): “La tecnología es el conjunto de conocimientos, técnicas, métodos, herramientas y procesos que el ser humano crea y utiliza para resolver problemas, satisfacer necesidades o facilitar tareas”. A mi modo de ver ambas respuestas muestran que hasta para una IA es difícil definir qué es la tecnología.
Entre quienes teorizan sobre tecnología, hablan de tecnologías duras (máquinas para producir) y blandas (para difundir ideología). Mi caracterización, suma una tercera categoría, que es la tecnología militar. Y creo que es más apropiada, especialmente si hablamos de IA, porque como explicaré más adelante, muy probablemente sea en la industria militar donde termine siendo más funcional la IA.
Además de ser la principal herramienta de reproducción del capital, la tecnología es la principal fuerza que impulsa el progreso. Y en este punto quiero aclarar que si bien para los humanos de hoy –especialmente para los occidentales- el progreso es el progreso material, en realidad históricamente la civilización humana avizoró dos tipos de progreso posible. Desde comienzos del siglo XIX estamos inmersos en el progreso material, que gracias al avance tecnológico significa cada vez más involución espiritual. Pero también la civilización avizoró el progreso espiritual, que actualmente está más relacionado con Oriente y las civilizaciones americanas precolombinas.
La importancia de esta diferencia la entendí a través del escritor francés Michel de Montaigne, que vivió en el siglo XVI. La realización del ser humano puede ser buscada de dos maneras. Por medio de lo que plantean principalmente filosofías orientales como el budismo, el daoísmo y el hinduísmo, que promueven la realización a través de la práctica de la contemplación, la meditación y la empatía con la naturaleza. O por medio de prácticas occidentales que buscan el confort material de los humanos a través de la producción de objetos.
Esta producción de objetos requiere del aprovechamiento de los recursos naturales. De hecho, el progreso material según la concepción occidental, significa una lucha contra la naturaleza, donde los animales y los eventos atmosféricos son nuestros enemigos y los árboles no son otra cosa que madera disponible para construir nuestra comodidad. Ya en el siglo XVI Montaigne entendió que esta segunda concepción del progreso triunfó sobre la primera y eso cambió la historia de la humanidad. Sin embargo, en el siglo XVII se publica en China el primer libro sobre tecnología. De hecho, el Tiangong Kaiwu, que se traduce como “Las Obras del Cielo y el Origen de las Cosas” o como “La explotación de las Obras del Cielo” es una especie de Enciclopedia sobre tecnología y fue publicada en 1637, poco antes de la caída de la dinastía Ming.
Según ChatGPT: Esto es lo que la hace importante.
En primer lugar, su alcance. El Tiangong Kaiwu documenta sistemáticamente las tecnologías prácticas de la China de finales de la dinastía Ming, especialmente aquellas relacionadas con la agricultura, la minería, la metalurgia, los textiles, la cerámica, la producción de sal, la fabricación de papel, la pólvora, la construcción naval, el refinado de azúcar y más. A diferencia de los textos confucianos de élite centrados en la filosofía o el gobierno, este libro se enfoca en el trabajo manual, la producción y el conocimiento aplicado. Trata a los artesanos y agricultores como dignos de una atención intelectual seria, algo poco habitual en la erudición de élite de la época.
En segundo lugar, su estructura y detalle visual. El libro incluye más de 100 ilustraciones detalladas en xilografía que muestran herramientas, máquinas, hornos, fundiciones, sistemas de irrigación, telares y procesos industriales. No se trata de diagramas abstractos; muestran métodos de producción paso a paso. En ese sentido, funciona casi como un manual técnico de la Edad Moderna temprana.
En tercer lugar, su marco intelectual. El propio título es revelador. “Tiangong” (天工) puede entenderse como “la obra del Cielo” o “la obra de la naturaleza”, mientras que “Kaiwu” (开物) sugiere “abrir las cosas” o “hacer que surjan”. La premisa filosófica es que la industria humana trabaja en asociación con las fuerzas naturales. Song Yingxing presenta la tecnología no como dominación de la naturaleza, sino como cooperación con los principios naturales: el flujo del agua, la transformación de los minerales, el crecimiento de las plantas, la combustión, la fermentación.
En cuarto lugar, su contexto histórico. Fue publicado en 1637, apenas siete años antes de la caída de la dinastía Ming (1644). Ese momento es significativo. El período tardío de los Ming era económicamente dinámico pero políticamente inestable. La comercialización se expandía rápidamente, los flujos de plata eran volátiles y las presiones militares de los manchúes aumentaban. El libro captura una civilización tecnológicamente madura en un momento de crisis.
Curiosamente, el texto fue en gran medida ignorado en China durante el período Qing. El propio Song Yingxing no se alineó con el nuevo régimen manchú, y la obra no circuló ampliamente después. Sin embargo, ganó reconocimiento en Japón, donde influyó en la literatura técnica del período Edo. En los siglos XIX y XX, los estudiosos occidentales lo redescubrieron y reconocieron su extraordinario valor para comprender la ciencia y la industria chinas.
En la historiografía moderna, el Tiangong Kaiwu suele citarse en los debates sobre la “Gran Divergencia”, es decir, la cuestión de por qué Europa se industrializó primero a pesar de las avanzadas tecnologías de la China moderna temprana. El libro demuestra que la China del siglo XVII poseía conocimientos sofisticados en:
- metalurgia de altos hornos
- producción de hierro fundido
- ingeniería hidráulica
- maquinaria textil avanzada
- fabricación de porcelana a escala industrial
- elaboración de pólvora y fabricación de armas
En muchos ámbitos, las técnicas chinas eran al menos comparables, y en algunos casos superiores, a las prácticas europeas contemporáneas.
Pero el libro también revela algo crucial: documenta conocimientos artesanales, no sistemas industriales mecanizados impulsados por combustibles fósiles. Muestra una economía orgánica altamente optimizada (energía humana, animal, hidráulica y biomasa), no el sistema basado en carbón y vapor que surgió en Gran Bretaña a finales del siglo XVIII.
En ese mismo momento en Europa comienza la era de la razón, con la publicación en Francia del Discurso del Método, de René Descartes. Según ChatGPt: “hacia finales del siglo XVIII se produce una explosión del conocimiento en Occidente. El hombre de acción comienza a ser moldeado por la teoría. Podemos fechar el pienso, luego existo de René Descartes, como el inicio de este proceso. El ser humano se posiciona como el centro y soberano de la realidad a través del intelecto.”
Otros pensadores que abordaron la supremacía de la razón fueron: el alemán Leibniz, quien desarrolla el sistema binario (sobre el que se construye también el I Ching), sistema que se convertirá en el siglo XX en el lenguaje básico del sistema computacional. Leibniz estaba convencido de que todo puede ser explicado a partir del sistema binario. Luego tenemos al pensador inglés John Locke, hace importantes aportes al defender la propiedad privada y la organización del estado nacional. Charles Darwin pretende desarrollar una teoría científica que demuestra que para sobrevivir hay que adaptarse, teoría que viene como anillo al dedo al Imperio Británico. El filósofo alemán Immanuel Kant asegura que el ejercicio de la razón nos hace autónomos y libres. Hegel plantea un desarrollo del pensamiento por un método científico a través de tres pasos: tesis, antítesis y síntesis. Para mí esta teoría también está relacionada con el I Ching, pero la IA de Google me marca una interesante distinción: “Mientras que en muchas tradiciones orientales la dualidad busca el equilibrio o la aceptación, en Hegel la dialéctica busca el progreso y la conquista. La síntesis hegeliana no es una paz entre opuestos, sino una superación donde la razón devora y organiza lo anterior. Lo que no es racional, debe volverse racional.”
Augusto Comte sigue a Hegel y ya en pleno siglo XIX, en pleno auge del capitalismo industrial, aparecen Karl Marx y Friedrich Nietzsche. Marx, fascinado por el potencial transformador de la tecnología (era especialmente fan de la red ferroviaria), y Nietzsche, obsesionado con la superación espiritual del hombre. Ambos comparten una raíz germana: la convicción de que el mundo puede ser transformado radicalmente mediante el rigor del pensamiento.
Más allá de las intenciones de estos autores, Alemania se convirtió en el laboratorio de la razón instrumental en el siglo XIX. Una forma de arrogancia intelectual que cree que todo, desde la naturaleza hasta el alma humana, puede ser calculado, administrado y optimizado. Esta lógica de control absoluto, que busca la eficiencia por encima del espíritu, fue el caldo de cultivo para que en el siglo XX surgieran las dos mayores aberraciones sociales: el comunismo y el nazismo. Experimentos de ingeniería social derivados de la supremacía de la razón.
Hoy, ese camino parece llegar a su culminación con la inteligencia artificial, heredera final del pensamiento alemán, donde la razón pura tiene la potestad de determinar la existencia entera. El siglo XXI, bajo la IA, podría ser el fin de la historia tal como la conocemos, probablemente convirtiendo las aberraciones de las dos grandes guerras del siglo XX en un mero juego de niños.
Pensemos, por ejemplo, en el reconocimiento facial y en cómo está siendo usado por el poder político (en China para controlar opositores a la dictadura, en EEUU para cazar inmigrantes, o en Israel para identificar palestinos) o por el poder económico (si no hago un reconocimiento facial, mi aplicación no me permite hacer uso de mi dinero).
Ahora Zuckerberg quiere incluir el reconocimiento facial en los Meta Ray-Ban. Su argumento es que de esta manera el usuario de estos anteojos inteligentes podrá reconocer a otros usuarios de Facebook e Instagram en la calle. Aquellos que vivimos y trabajamos en grandes ciudades y no pertenecemos a la clase alta, no solo tendremos que soportar que nos vigilen constantemente las cámaras en la vía pública (en China hay 700 millones de cámaras, en EEUU 70 millones), sino también que cualquier idiota nos pueda filmar con sus anteojos y obtener nuestros datos personales.
Meta tiene una historia de juicios relacionados con la tecnología de reconocimiento facial. Debió pagar 2.000 millones de dólares por juicios en Texas e Illinois por recopilar sin permiso datos de usuarios por reconocimiento facial a través de Facebook. Y en 2019 fue condenada a pagar 5.000 millones a la Comisión Federal de Comercio, que acusó a la empresa de violar la privacidad de los usuarios por medio de esta tecnología.
El origen del reconocimiento facial se remonta a la Frenología. Considerada actualmente una pseudociencia, es una teoría científica que asocia la forma del cerebro y los rasgos de la cara a ciertas características intelectuales y morales. Fue creada a principios del siglo XIX por el científico alemán Franz Gall y altamente promocionada por el Imperio Británico. Una supuesta teoría científica que no era más que una forma “racional” de justificar el racismo y el clasismo. La teoría evolutiva de Charles Darwin y la frenología, dan paso a otra teoría científica que entusiasmó a los nazis: la Eugenesia. Esta teoría propone mejorar la especie humana promoviendo la reproducción de los más aptos y eliminando a los menos aptos. No casualmente sino causalmente, fue desarrollada por el inglés Francis Galton, primo de Darwin.
Siguiendo entonces con la historia de los inventos tecnológicos, la próxima gran tecnología trascendental, la más importante –al menos hasta la aparición de la IA- es una tecnología que se ubica dentro de la primera categoría (las tecnologías productivas) y desencadena la revolución científico-industrial a principios de siglo XIX: la máquina de vapor. A partir de la máquina de vapor, que luego se alimenta de hidrocarburos, empieza el desarrollo febril del capitalismo industrial. La intensificación de la lucha contra la naturaleza. El triunfo del imperio de la razón. La imposición de la supremacía del capital.
A partir de ahí se erige el gran Imperio Británico, con el desarrollo desaforado de la industria naval (que ya no se mueve sólo por velas y por lo tanto aporta certezas de cuánto tiempo tardará en llegar la mercancía desde su punto de partida al punto de destino) y el ferrocarril, que permitirá mover las commodities y las mercancías dentro de los territorios. Pero: ¿cómo una pequeña isla con pocos habitantes se convierte en la potencia más poderosa del mundo? Esa es una historia fascinante.
El Reino Unido no es más que un par de islas ubicadas en el norte de Europa, con una población relativamente pequeña. Y sin embargo fue desde mediados del siglo XIX hasta 1945 el mayor imperio mundial, superando a Grecia, China, Rusia, Persia y Arabia. ¿Cómo fue eso posible? Gracias la revolución industrial. Pero ¿de donde salió el capital para construir los motores para los barcos, las líneas férreas, las locomotoras, y las fábricas? ¿De dónde salió el capital para construir la revolución industrial?
La historia se remonta a una de las primeras grandes corporaciones capitalistas: la Compañía de Indias Orientales, una asociación entre el estado británico y los comerciantes que se habían enriquecido gracias en gran parte a la piratería (o, digámoslo más diplomáticamente, el comercio naval). Esta asociación fundada a principios del siglo XVII, permitió que el estado inglés garantizara la seguridad de los comerciantes cuando iban a transar especias, telas, porcelana y otros productos fabricados por culturas más desarrolladas. Específicamente India y China.
Además de la escritura en papel y la brújula, una de las cosas que habían inventado los chinos varios siglos antes fue la pólvora, que es una mezcla de azufre, salitre y carbón que al ser expuesta al fuego, provoca una explosión. La clase imperial china usaba la pólvora para fabricar fuegos artificiales con los que ofrecían espectáculos populares durante las celebraciones oficiales. Los europeos encontraron otra función a la pólvora e inventaron las armas de fuego. Gracias a las armas de fuego, el pequeño Reino Unido, que contaba entonces con unos pocos millones de personas, conquistó el extenso territorio indio donde vivían cientos de millones. Las armas de fuego ¿son buenas o malas? Para el Imperio Británico fueron muy buenas, para los indios malas. Lo cierto es que cambiaron el mundo por completo.
Como suele suceder, la importación de productos es provechosa para los comerciantes pero no tanto para la economía de la nación, porque tiende a aumentar lo que conocemos como el déficit comercial. Según sostienen algunos historiadores lo que sucedió fue que los ingleses se volvieron adictos al té, que importaban de China. Y para equilibrar las cuentas, la Compañía de Indias Orientales empezó a exportar a China el opio que obtenía en la India, donde se cultivaba la amapola.
El opio es más adictivo que el té, más agradable y mucho más peligroso para el desarrollo de una nación, porque los adictos al opio tienden a quedarse acostados disfrutando del viaje y olvidándose de todo lo demás. Millones de chinos rápidamente se hicieron adictos al opio. Llegó un momento en que ya no querían trabajar y el emperador se vio obligado a prohibir la importación de opio. Esta decisión no fue del agrado de los ingleses, así que decidieron intervenir militarmente para asegurar su prolífico negocio de narcotráfico. Los chinos no conocían aún las capacidades de las armas de fuego, así que hicieron frente al ejército inglés y sus aliados franceses y fueron rápidamente diezmados. El emperador tuvo que aceptar las condiciones que impusieron los vencedores respecto al comercio del opio. Entre otras cosas, los ingleses se quedaron con Hong Kong y otros territorios de la costa. Así fue como el narcotráfico, gracias a la conquista de India y una parte de China, dotó de capital al Reino Unido para desarrollar la revolución industrial. En pocas palabras, Gran Bretaña floreció gracias al ejército, el narcotráfico y la máquina de vapor.
Como hemos visto, hasta hace pocas décadas los avances tecnológicos eran muy lentos. Entre una etapa y otra pasaban siglos. Incluso hasta hace muy poco tiempo. Pensemos, por ejemplo, en la fuerza del caballo, que durante siglos fue la energía necesaria para mover la carreta, con la cual se trasladaba la cosecha y a las personas. Hasta fines del siglo XX -hasta ayer nomás en términos históricos-, cuando se hablaba de la potencia del automóvil se hablaba de caballos de fuerza.
Hablando del automóvil, no está de más mencionar que el automóvil particular es la mercancía que determinó la economía y la cultura de todo el siglo pasado, y a la vez, la principal fuente de reproducción del capital (el automóvil es también siderurgia y petróleo) del siglo pasado. El automóvil es mucho más que una mercancía, es la mercancía por excelencia del capitalismo. Es un medio de transporte privado, es ideología y es capital en movimiento. Para los más ricos es un ícono de prestigio, para los más pobres es la única forma de capital accesible como herramienta de trabajo. Aunque es sumamente interesante, analizar el automóvil no es el tema que nos ocupa pero lo menciono porque durante un breve lapso de comienzos del siglo XXI, la mercancía estrella dentro del imaginario popular dejó de ser el automóvil particular y pasó a ser el smartphone. En pocos años más, los autos eléctricos autónomos con inteligencia artificial serán smartphones rodantes. Sin necesidad de estar pendientes del camino, podremos ver Netflix y conversar con nuestra pareja virtual mientras viajamos en nuestro auto eléctrico hacia ninguna parte porque o no tendremos trabajo o trabajaremos en casa y tampoco necesitaremos ir al supermercado porque nos saldrá más barato pedir los productos online y que los traigan a casa. Y hasta es probable que empecemos a ver la ciudad desde arriba cuando los autos empiecen a volar.
A partir de mediados del siglo XX el ritmo de desarrollo de la tecnología empieza a ser febril y ya en el siglo XXI, con la tecnología digital, el desarrollo de la tecnología asume un crecimiento exponencial. A la par del índice bursátil.
La demostración más clara de que la tecnología y el capital son inseparables está en el fracaso del sistema comunista. En los años cincuenta del siglo pasado, poco después de que la Unión Soviética, China y Estados Unidos se aliaran para acabar con la pretensión alemana de conquistar Europa, empezó la guerra fría entre el imperio de Estados Unidos y el imperio Soviético. Rusia -que a pesar de ser un territorio preponderantemente asiático, tenía su intelligentzia en las ciudades europeas de Moscú, San Petesburgo y Kiev- contaba con una dotación importante de grandes científicos y el Politburó decidió invertir gran parte del presupuesto ruso en la carrera espacial, que era la forma en que se dilucidaría la puja entre EEUU y la URSS. Básicamente se trataba de demostrar quién la tenía más larga, porque la tecnología espacial no servía, sirve ni servirá para solucionar los problemas de la gente. Pero ambas potencias decidieron que triunfar con la tecnología más innovadora e impresionante determinaría quién era el ganador.
En 1961, la URSS logró que Yuri Gagarin se convirtiera en el primer ser humano que rompió la barrera de la atmósfera -y encima volviera con vida a la Tierra-, adelantándose así a los científicos que trabajaban para el gobierno de Estados Unidos con el mismo fin (una broma del destino quiso que poco tiempo después Gagarin muriera en un accidente aéreo). En vez de ser el principio de la supremacía del comunismo sobre el capitalismo, ése éxito fue el principio del fin para la URSS.
Y lo fue porque si la tecnología no sirve para reproducir el capital, no sirve para nada. Y un sistema comunista por su misma concepción está incapacitado para lograr la reproducción del capital. Porque para eso, como lo explicó Marx es necesaria que exista la plusvalía -que es la diferencia de valor que el capitalista toma del trabajador y lo que le permite invertir para seguir creciendo y superar a los competidores, ofreciendo ya sea productos más económicos y/o más eficientes- y precios a través de la oferta y la demanda.
Para entender a fondo qué es el capital hay que estudiar algunos conceptos que Karl Marx desarrolló con gran lucidez, pero para nuestro propósito sólo es necesario entender que la reproducción del capital se logra (o se lograba, hasta la supremacía del capitalismo financiero a partir de los años 70 del siglo pasado) mediante la inversión en tecnología. Esta inversión proviene del capital, a través de la acumulación de la plusvalía y la sobreexplotación de los recursos naturales. El sistema económico comunista pretende eliminar la plusvalía y crecer sólo en función de la explotación de los recursos naturales. Entiéndase que no pretende eliminar la explotación del trabajador, sino la plusvalía, que a su vez está relacionada con el precio de la mercancía, que fluctúa según la oferta y la demanda.
El sistema económico comunista es en su concepción un sistema centralizado, donde el estado se apropia del valor generado por el trabajador y lo reparte según una arbitraria fórmula justicialista que hace imposible la reproducción del capital, al no poder determinar el nivel de beneficios y por lo tanto el nivel de inversión necesario para crecer. Y al carecer de banca privada, el capital no tiene forma de crecer por medio de la especulación. Es por eso que el sistema de producción comunista está destinado a fracasar desde su concepción.
La comprobación es que la Rusia actual (a pesar de haber adoptado un sistema de producción capitalista, sigue en manos de una burocracia con mentalidad comunista) no es mucho más que una gigantesca estación de gasolina junto a una gigantesca plantación de trigo. Moscú ni siquiera fue capaz de fabricar un automóvil decente. Lo que sí lograron Japón, Corea, varios países europeos y sobre todo China. Cualquiera que haya manejado un Lada (con diseño francés) ha podido comprobar la calidad de los autos soviéticos.
Por otra parte tenemos el ejemplo de China, que había empezado a ser comunista en 1949 y al principio de los años 60 se había convertido en el país más miserable, más aislado y con menos libertad individual del mundo (es hasta gracioso que mientras tanto, en Paris miles de jóvenes estudiantes se manifestaban en las calles con afiches de Mao Zedong, augurando el advenimiento del hombre nuevo, liderados por intelectuales como Jean Paul Sartre, que no tenían ni idea de lo que estaba pasando en China, pero eran muy ambiciosos y muy egocéntricos). Cuando renuncia al sistema económico comunista y asume la fe capitalista a fines de los años 70 del siglo pasado, China empieza a convertirse en la gran potencia que ahora hace temblar a occidente.
La tecnología no es neutral. La tecnología es capaz de transformar por completo una cultura (llegado a cierto punto, es hasta capaz de destruirla). Y además, la tecnología es inseparable del capital y por lo tanto, del capitalismo. China, de la mano del Partido Comunista, es actualmente una potencia capitalista. Más precisamente, lo que existe en China actualmente se llama “capitalismo de Estado”. En el próximo capítulo haré un recuento histórico para que se entienda cómo el capital occidental alimentó ese monstruo que llamamos actualmente “capitalismo de Estado”.
La izquierda internacional no se cansa de repetir que China es una alternativa al imperialismo yanqui, pero esta afirmación es ridícula. China está sometida al Partido Comunista. Y el Partido es la más grande corporación industrial y financiera del mundo (algunas de las más grandes empresas y los dos bancos más grandes del planeta, están en manos del Partido). En China no existe ninguna de las reivindicaciones planteadas por la Internacional Socialista (salvo en algunas raras excepciones): Ni derecho a huelga, ni libertad sindical, ni jornada de 8 horas, ni seguridad social, ni libertad de expresión.
China es la más nueva y efectiva extensión del capital internacional. Es la fábrica del mundo y gran parte del conglomerado industrial y de servicios está controlado por el Partido. De tal manera, China cuenta con dos ventajas que le permiten ejercer el imperialismo no por medio de la fuerza bruta, sino por medio de la presión comercial y la inversión en grandes proyectos estratégicos.
Antes de hacer un recuento para detallar el proceso histórico que llevó a China del país más miserable del mundo a potencia mundial, de la mano del capital estadounidense, trataré de explicar de qué hablamos cuando hablamos de inteligencia artificial. Porque la IA es la hija pródiga del matrimonio China- EEUU.
Soy artista, no ingeniero. Y tampoco estoy escribiendo para ingenieros. Por eso esta explicación será técnicamente limitada, con sólo los detalles necesarios como para que se entienda que actualmente estamos hablando de un tipo específico de IA, que representa probablemente la primer etapa de una tecnología que está en sus comienzos. Cuando hablamos actualmente de IA, hablamos de inteligencia artificial generativa. Esto es lo que se conoce como Large Language Models y sus siglas son LLMs. Los LLMs son softwares que no tienen nada de inteligentes, son sistemas computacionales que parten de un concepto llamado Machine Learning, que consiste en tratar de imitar la forma en que pensamos los humanos, a través de redes neuronales. Los LLMs son sistemas de predicción que funcionan por el método de prueba y error y van construyendo frases mediante la agregación de tokens. Los tokens son palabras (o partes de palabras, cuando tienen varias sílabas) que son representadas mediante números. Lo que hacen estos sistemas es ir buscando a gran velocidad cuál es la palabra siguiente que con mayores probabilidades usamos los humanos al comunicarnos, para ir armando la frase. Al tratarse de un método probabilístico resulta que si hacemos la misma pregunta dos veces, obtenemos dispuestas parecidas pero con diferentes palabras. Y lo realmente peculiar es que ni siquiera los mismos desarrolladores entienden bien cómo es que estos sistemas llegan a la conclusión que llegan.
“Lo que más está en riesgo es el papel de la razón en nuestras vidas. Este proceso ya ha comenzado, ya que los grandes modelos lingüísticos actuales operan de maneras que no podemos comprender plenamente. Descubren correlaciones y generan perspectivas mediante métodos estadísticos que escapan a la comprensión humana. Si bien los LLMs se basan en datos y lenguaje humanos, su razonamiento es opaco en la práctica y generarán cada vez más resultados que podemos usar pero que no comprendemos plenamente. Este desarrollo podría marcar el comienzo del fin de la razón humana, y en última instancia, la desaparición del humanismo”, sostiene el escritor Herbert Harris.
Para poder cumplir con su función estos sistemas necesitan estar entrenados con una gran cantidad de textos, que es lo que conocemos como data (el tema de que esta “data” en realidad es un robo flagrante perpetrado por los empresarios desarrolladores de estos sistemas, lo trataré más adelante). Estos sistemas van y vienen a gran velocidad mediante un proceso de descarte y su probabilidad de dar una respuesta coherente, en un principio era muy baja. Por eso se hizo necesario agregar un siguiente nivel, que es conocido como Reinforcement Learning. Qué es el Machine Learning y el Reinforcement Learning, es información que si te interesa, más detallada y más técnica la vas a encontrar en internet, especialmente en inglés.
Lo que probablemente no vas a encontrar es que este proceso implica un nivel fundamental que es el del trabajo humano. Millones de personas que categorizan y chequean. La inmensa mayoría de ellos trabajadores mal pagos y que carecen de beneficios sociales. Un grupo que podríamos definir, sin exagerar, como esclavos invisibles. La mayoría de estas personas se ven obligados a realizar estos trabajos aburridos, estresantes y mal pagos porque se encuentran en situaciones de extrema vulnerabilidad. Trabajan para Silicon Valley, pero la mayoría de ellos vive en países de habla inglesa de África, o son venezolanos cuyas vidas han sido destruidas por más de un cuarto de siglo de chavismo, o es gente muy pobre del sudeste asiático. Hay también empobrecidos norteamericanos y europeos de la clase media baja.
En resumen, la IA de la que hablamos cuando hablamos de IA, no es tan artificial, porque depende en gran parte del trabajo humano semiesclavo. Y no es inteligente, es probabilística. De hecho, los sistemas de IA eran inviables por la cantidad de errores que cometían hasta que se desarrollaron los transformers, que logran darle cierto contexto a las palabras.
Entonces el hecho de que la IA no sea tan artificial ni tan inteligente, ¿significa que la IA no sirve? No. Lo que llamamos actualmente IA puede ser sólo un embrión de un monstruo que está creciendo. Se trata de una tecnología que actualmente cumple varias funciones interesantes y que según el capital internacional puede transformar el mundo (y muy probablemente destruir la civilización) si es que finalmente logra imponerse.
Entre los cerebros fundadores de la IA, hay actualmente una discusión crucial. Unos sostienen que siguiendo por el camino trazado (el desarrollo de LLMs), con más datos y más poder computacional, o simplemente mejorando los algoritmos, la IA será cada vez más potente y efectiva, llegando incluso a ser una superinteligencia. Por supuesto, esta es la teoría a la que adhieren los supermillonarios de Silicon Valley que desarrollan los actuales sistemas de IA, ya sea por convencimiento, o porque necesitan que los inversionistas pongan más capital para seguir desarrollando sus negocios y seguir reproduciendo el capital. Otros, como Richard Sutton y Gary Marcus, que vienen desarrollando estos sistemas desde los años 80 (y ahora también Yan LeCun, ingeniero estrella de Facebook)), sostienen que por este camino se choca contra un muro, porque los LLMs no son sistemas inteligentes, son sistemas que imitan. La capacidad de predecir el siguiente token, no implica la capacidad de predecir absolutamente nada de la realidad real. Por tanto, es necesario, desarrollar otros sistemas o agregar nuevas ideas a los sistemas existentes. Otros, como Geoffrey Hinton, premio Nobel por sus investigaciones en IA, directamente están alertando sobre el colapso social que se avecina con el desarrollo de la IA.
Es probable que hayas leído artículos o visto muchos videos sobre superinteligencia, o inteligencia artificial general, que sería la inteligencia artificial comparable o superior a la humana. De eso actualmente no hay nada, es pura propaganda y charlatanería de Silicon Valley. Pero no por eso hay que negarse a la posibilidad de que dentro de unos años, la IA transforme totalmente tu vida y la de la gente que te rodea.
Hay una pregunta que quizás todos deberíamos hacernos: ¿Es acaso una casualidad que los comunistas, los fascistas y los nazis –desde Karl Marx y Stalin, hasta Hitler y Mussolini- hayan sido todos fanáticos del progreso tecnológico?
En los años 30 del siglo pasado, mientras se consolidaban los regímenes totalitarios en Europa, con el ascenso de Mussolini en Italia (época en la que surgió el primer experimento tecnofascista en las artes, que fue el Futurismo); el de Hitler en Alemania; y la consolidación del modelo de represión y opresión de Stalin en la URSS, surgía también en América del Norte un grupo de empresarios e ingenieros que promovían el tecnoestado. Este movimiento, conocido como North America Technate, planteaba que el sistema democrático manejado por políticos era inviable en un contexto de alta industrialización, y por lo tanto el gobierno debía estar manejado por ingenieros.
ChatGPT: “La Tecnocracia fue un movimiento social y político real, activo en la década de 1930 y principios de la década de 1940 en Estados Unidos y Canadá. Surgió durante la Gran Depresión y buscaba reorganizar la sociedad basándose en la experiencia científica y técnica, en lugar de la política tradicional. Sus ideas centrales incluían: a) abogar por un gobierno a cargo de ingenieros y científicos en lugar de políticos electos; b) la creencia de que la gestión técnica de la economía y la sociedad podía resolver problemas como el desempleo y la ineficiencia; y c) propuestas para sustituir el dinero y los precios por sistemas de contabilidad energética para distribuir bienes y servicios.
“El movimiento se organizó en torno a grupos como la Alianza Técnica y, posteriormente, Tecnocracia Inc., fundada por el ingeniero Howard Scott en 1933.
“El término Technate fue utilizado por el movimiento para describir una estructura social teórica o unidad geográfica regida por principios tecnocráticos. En otras palabras, un área donde científicos e ingenieros gestionarían todas las decisiones sociales, económicas y de infraestructura mediante sistemas técnicos, en lugar de políticas electorales (cualquier similitud con lo que pasa actualmente en China puede ser considerada una casualidad). Algunos de los primeros tecnócratas imaginaron grandes regiones integradas con sistemas compartidos de gestión de energía y recursos”.
La región que estos tecnócratas imaginaron como el North America Technate, abarcaba desde Alaska y Canadá hasta parte de Venezuela y Colombia, pasando por México y el Canal de Panamá (cualquier relación con los dichos y actos recientes de Donald Trump puede considerarse una pura coincidencia).
Mientras en EEUU este movimiento estaba liderado por el ingeniero Howard Scott, el líder del movimiento en Canadá era Joshua Haldeman, quien, por esas casualidades de la vida, resultó ser el abuelo materno de Elon Musk. Por ese entonces, el gobierno en Estados Unidos estaba en manos de Franklin Delano Roosevelt, quien con su New Deal abroqueló los diferentes grupos sociales en la construcción de la social democracia. El poder de la política en América del Norte renacía tras la Gran Depresión, y los tecnócratas tenían pocas posibilidades de triunfar en su proyecto. Sobre todo, considerando que el New Deal implicaba un inmenso estímulo a la actividad industrial.
El Technate fue prohibido en Canadá y Joshua Haldeman, que no era ingeniero sino quiropráctico, fue brevemente detenido por querer reemplazar a los políticos con ingenieros justo en los comienzos de la segunda guerra mundial. A continuación Haldeman dejó el liderazgo del Technate y fundó el Social Credit Party, cuya principal preocupación era la reforma del sistema financiero. No tuvo mucho éxito y tras el final de la segunda guerra mundial, Haldeman se muda a Sudáfrica -donde mucho después nacería Elon Musk- y se convertiría en un apasionado defensor del Apartheid y desarrollaría su pasión por la aviación. Su nieto, Elon, suele describirlo como un aventurero y un inconformista.
Por aquél entonces en América del Norte había dos grandes multimillonarios, John Rockefeller II y Henry Ford. La familia Rockefeller será protagonista en el próximo capítulo. Henry Ford fue un industrial, emprendedor e ingeniero brillante y visionario, creador del sistema de producción en serie y de la industria automotriz moderna, la industria más importante del siglo XX. También creó un periódico de alcance nacional, distribuido en todos los concesionarios Ford, cuyo único propósito era difundir el odio hacia los judíos.
Según Wikipedia: “Ford fue un conspiracionista (conspiracy theorist) que se basó en una larga tradición de acusaciones falsas contra los judíos. Afirmaba que el internacionalismo judío representaba una amenaza para los valores tradicionales estadounidenses que estaban en peligro en el mundo moderno. Parte de su legado racista y antisemita incluye la financiación del square dancing (un baile tradicional importado de Europa) en las escuelas estadounidenses, porque odiaba el jazz y asociaba su creación con los judíos. En 1920 escribió: si los aficionados quieren saber cuál es el problema del béisbol estadounidense, tienen la respuesta en dos palabras: demasiado judío.”
Elon Musk también es un ingeniero, industrial y emprendedor brillante. Es el creador de Tesla (la vanguardia del auto eléctrico, rápidamente superada por la industria china del automóvil) y de SpaceX, que lanza cohetes con aterrizaje automático. Por otra parte, siempre ha sido un mentiroso y un fabulador. En su Twitter (red social de la cual es propietario y que gusta llamar X) promueve la supremacía blanca, la violencia política, los matones de extrema derecha y mentiras racistas y antisemitas deliberadas de todo tipo.
En suma, me parece que la estrecha relación entre el desarrollo científico-tecnológico, la acumulación del capital, el imperialismo, el racismo y el clasismo, está más que clara. Hasta hace poco tiempo, el destino fatal que le espera a la civilización humana y a la vida en general en el planeta tierra a través del desarrollo tecnológico, estaba evidenciado en la existencia de la bomba atómica. Este peligro sigue latente, pero con la inteligencia artificial aparece un nuevo peligro, que no es tanto la destrucción física del ser humano, como su destrucción mental y espiritual. Al ser una tecnología de propósito general, la IA podría reemplazar por completo el trabajo humano (especialmente si la IA logra ser aplicada a la robótica, algo que por ahora parece remoto). De ser así, el hombre moderno dejaría de tener sentido. El mundo ideal para los humanos que imaginó Marx, antes de su propuesta revolucionaria mesiánica, donde la optimización de la tecnología llevaría a la eliminación del trabajo manual y a la consiguiente vida feliz del humano creativo, tal vez podría haber sido posible si nunca se hubiera inventado la televisión. Pero lo cierto es que la televisión ya la soñó Platón, al principio de la historia de Occidente, en lo que se conoce como la Alegoría de la Caverna. Y la televisión es el bebé que creció y se convirtió en IA.